viernes 22 de junio de 2018 - Edición Nº212
Dar la palabra » Cultura » 5 jun 2018

Las nuevas formas de comunicación

#El festival global de las diferencias (Por Gabriel Ramonet)

No es propósito de estas modestas reflexiones la refutación de ningún artilugio comunicacional. Apenas nos animamos a postular que las redes sociales no parecen el ámbito adecuado para llevar adelante discusiones de fondo, así como tampoco lo son otros medios mucho más transitados y antiguos de la vida en sociedad.


 

En las reuniones familiares, con amigos, en los bares, en las calles, en el club. En la televisión, en la radio, en los diarios, en Internet.

Hace mucho tiempo que dejamos de discutir para mejorar una idea, un pensamiento, una postura previa.

Puestos en la situación de intercambiar opiniones o puntos de vista sobre un tema determinado, nos hemos vuelto proclives, ya no sólo a menospreciar la posición ajena, sino a desacreditar al interlocutor.

Nos interesa cada vez menos el asunto que se discute, y cada vez más la manera de encontrar en el otro un aspecto que desautorice su planteo.

Hemos ido perdiendo la capacidad de asombro ante el razonamiento superador. La nobleza de admitir que refutada o complementada por el aporte de un par, nuestra convicción ha crecido en resistencia argumental.

Los discursos ya no tienen el valor de la persuasión, sino que se han transformado en meros decorados de las instancias de ejercicio de poder.

En un cuerpo colegiado, las votaciones no dependen de quien más fundamente, sino del que más acuerdo previos haya logrado con anterioridad al encuentro. No del que más haga trabajar la cabeza, sino del que más cabezas junte.

Algo similar sucede en la vida institucional a cualquier nivel, pero también en la vida diaria, en la forma cotidiana de relacionarnos.

Un ejemplo de ello es el auge actual de las redes sociales, adoptadas en forma masiva como aparente método de intercambio público de ideas.

Sin embargo, lo que a la distancia podría verse como un escenario moderno de retruques en tiempo real, con un poco más de acercamiento se convierte en el ámbito ideal de los tiempos que corren: una orgía de diferencias a escala global, y completamente inútil para construir consensos.

Tres enormes especies colonizan el cyberespacio y tejen telarañas virtuales para apropiarse de su lugar en las redes: el club de los cobardes anónimos, la murga de los chicaneros de siempre, y la sociedad de regodeadores de las miserias ajenas, que mira sin participar.

Las redes sociales cumplen la fantasía del medio de comunicación propio, donde el usuario es el editor de sus propias noticias y tiene audiencia permanente a disposición, sin condicionamientos ni compromisos comerciales.

Pero la realidad es que muy pocos están dispuestos a asumir la responsabilidad de comunicar algo. Al menos en el sentido de hacerse cargo de las consecuencias que puede tener sobre alguien, o sobre muchos, la enunciación de determinado hecho, la realización de una crítica o la calificación de un comportamiento.

De este modo, lo que se persigue es casi siempre la satisfacción del ego personal por la idea propia publicada, relegándose o eliminándose directamente el propósito de arribar a un bien común.

¿Cuántos tweets que se inician con posturas antagónicas sobre un tema continúan con reconocimientos o admisiones de argumentos superadores?

¿Cuántos tweets han leído alguna vez con fórmulas del tipo: lo estuve pensando y tenías razón, tu punto de vista es mejor que el mío?

Los twitteros y los comentaristas de Facebook somos muchas veces los nuevos sofistas del siglo XXI. Nos interesa un comino la verdad, en tanto hayamos mejorado nuestra posición dialéctica en una confrontación mantenida a la vista de todos.

Con el siguiente agravante: el medio de conversación nos hace creer más valientes.  Escribir un tweet o un comentario por Face es muchísimo más fácil que enfrentar la mirada ajena.

El encuentro cara a cara es naturalmente más componedor. Y, por el contrario, uno se vuelve más violento en un medio donde sabe que los demás se comportan de la misma manera, y donde difícilmente tendrá consecuencias por ello.

En una cancha de fútbol insultamos sin más trámite a la hinchada rival, al árbitro y hasta a los propios jugadores, porque sabemos de antemano que hay un alambrado de por medio.

En un videojuego disparamos con saña, porque nos consta que los muertos son de mentira.

En las redes sociales conviven ambas impresiones a la vez: el alambrado y la sensación de que nada es de verdad.

Por otra parte, aceptamos como naturales algunas restricciones para expresarnos vía red, sin considerarlas un obstáculo para la comunicación.

Nos quejamos del cada vez más acotado vocabulario adolescente, pero participamos mansamente del intercambio de ideas en 140 o 280 caracteres.

Y no sólo eso, sino que pretendemos ponernos de acuerdo en esas condiciones. Hay funcionarios que se proponen discutir planes de gobierno y diferencias ideológicas en cuatro tweets. Es como tratar de entender la teoría de la relatividad por la tapa de una revista.

El resultado puede ser un buen disparador temático, pero nunca un acercamiento real a la verdad.

Es cierto que lo mismo ocurre con el contenido de un noticiero de TV, un programa de radio o la nota de un medio gráfico. Pero cualquiera de esas experiencias es mucho más humana, en términos de experiencias sensitivas. La gente se escucha, se ve, o lee un texto que alguien preparó para comunicar un mensaje.

Las redes sociales parecen funcionar muy bien para múltiples utilidades. La información instantánea, el contacto directo entre personas sin atravesar por ningún proceso de mediación y hasta el fomento de algunas (pocas) inquietudes artísticas.

En pleno auge de la cultura del exhibicionismo, donde casi no quedan secretos bien guardados y la discreción es un valor extinto, hasta puede entenderse que las redes satisfagan esa cuota de vanidad que todos llevamos dentro.

No es propósito de estas modestas reflexiones la refutación de ningún artilugio comunicacional. Apenas nos animamos a postular que las redes sociales no parecen el ámbito adecuado para llevar adelante discusiones de fondo, así como tampoco lo son otros medios mucho más transitados y antiguos de la vida en sociedad.

Quizás no esté de más tenerlo en cuenta al momento de depositar expectativas, tal vez con la voluntad idílica de construir un mejor lugar para todos, y sin considerar que apenas estaremos sumando un poco de música al #FestivalMundialDeLasDiferencias.

 

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