martes 17 de julio de 2018 - Edición Nº237
Dar la palabra » Cultura » 5 abr 2018

Reencuentros y despedidas

Historias de aeropuerto (por Gabriel Ramonet)

Queremos verlos por primera vez, aunque más no sea a unos metros de distancia. Compartir la primera sonrisa, la sorpresa de reconocerse, las ganas que traspasan el vidrio. Ese maldito vidrio opaco que apenas deja una franja transparente a la altura de los pies.


Por:
Gabriel Ramonet

Repta como una lagartija gambeteando piedras y reclamando rayos de sol. Se contorsiona como una boa, estirando su cuello diminuto para intentar que la vista supere el ángulo sesgado por la superficie opaca de la pared vidriada.

“Levantate, te vas a ensuciar. Qué va a decir tu hermano cuando te vea”.

La madre del pequeño habla por obligación. Sabe que la reprimenda es correcta pero todos sus sentidos están puestos en el lugar donde las puertas del cielo se hacen corredizas, y ello sucede cada intervalos de uno o dos minutos, desde que el avión aterrizó en Ushuaia y se escuchó el murmullo de los pasajeros bajando por la escalera que da al salón donde se retira el equipaje.

Cuatro o cinco metros separan a los que esperan de quienes acaban de llegar. Eso medido en distancia. El tiempo transcurre en  dimensiones diferentes. Para los remiseros y los trabajadores de agencias de turismo, que elevan sus carteles como banderas, es una recta plana, anodina, de colores grises y miradas poco predispuestas a las sorpresas.

Para los policías y controladores de contrabandos, el tiempo es una flecha que acelera y se detiene en cada detalle de sospecha. Es como si no estuvieran ahí. O mejor dicho, como si solamente estuvieran para ver lo que la mayoría pasaría por alto.

El padre de Cristian meditaba sobre ello, cuando la puerta volvió a conectar ambos mundos por algunos instantes. Y entonces sus pupilas se abrieron como el capullo de una flor en la mañana inicial de la primavera. Y su rostro, torneado por los años, tuvo un refucilo de juventud, un aire caliente que le sorrojó los pómulos y le llenó de energía el cuerpo.

Pero no. Apenas una señora cargadas de valijas, vestida como para una fiesta, preocupada por hacer contacto visual con el chofer que quedó en pasarla a buscar.

¿Por qué no se puede ver para adentro? ¿Por qué nos privan de esa primera escena detectivesca, en la que escudriñamos piernas y cabezas en busca de la figura reconocida, ese bautismo del reencuentro que confirma la presencia física, que ridiculiza los contactos tecnológicos, que nos vuelve a convertir en seres sociales y sobre todo, humanos?

No importa el conocimiento, la certeza de que subió al avión, y aterrizó, y está bien, y está cerca, y falta poco, y casi nada.

Queremos verlos por primera vez, aunque más no sea a unos metros de distancia. Compartir la primera sonrisa, la sorpresa de reconocerse, las ganas que traspasan el vidrio. Ese maldito vidrio opaco que apenas deja una franja transparente a la altura de los pies. Y que obliga al pequeño a tirarse al suelo para intentar romper con la prohibición.

Igual nada importará en breve. Ahora por ejemplo, cuando la puerta corrediza del aeropuerto se abre por enésima vez.

Un señor alto, canoso, corpulento, con cara se serio. Otra falsa alarma. Hasta que de repente, por los pocos huecos visuales que permite el cuerpo del hombre, el pequeño que había estado arrastrándose distingue la cabellera rubia de su hermano, e incorporándose con la agilidad de un gimnasta se lanza a la carrera de buscarlo, mientras se escurre entre carros de valijas y voces que ya no escucha.

¡Cristian! Grita el chico con la efusividad de un volcán en erupción, y a su abrazo se suman los padres que ya llegaron a la escena para interrumpir definitivamente el tráfico de personas delante de la puerta.

La madre llora sin tapujos ni remordimientos, mientras Cristian la calma con un sólido “ya llegué, qué largo se me hizo el viaje”.

El padre también está emocionado, aunque se esfuerza en mantener una postura que no lo representa. Enseguida toma las valijas, abraza de nuevo a su hijo e intenta esas conversaciones superfluas que todos aprendimos para recibirnos de adultos, y que solo sirven para negar un silencio que le habría hecho más justicia al momento.

En unos segundos más la escena se esfuma como un fantasma y el aeropuerto de Ushuaia, igual que el universo, se las ingenia para seguir existiendo.

La familia que se reencontró con su hijo después de los primeros seis meses de exilio por estudio, camina junta hacia el estacionamiento, mientras hablan del frío de los últimas días, la humedad de Buenos Aires, y el asado que ya está planificado para la noche.

No queda un solo vestigio de aquel momento pleno e irrepetible que casi nadie se tomó el trabajo de observar con algún detenimiento.

Todos suben al auto pensando, al menos por un instante, que el reloj comenzó a correr, y que en unos cuantos días vivirán el desencanto sórdido y cruel de la despedida.

Los consuela la esperanza, la certeza, la necesidad de saber que detrás de cada viaje, habrá una nueva oportunidad de volver a encontrarse.

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