martes 17 de julio de 2018 - Edición Nº237
Dar la palabra » Política » 3 abr 2018

Un relato de ficción

El día que se condenó la corrupción (por Gabriel Ramonet)

Martínez Jávelin había descubierto camino al juicio, que un acto de hombría y de honestidad no iba a cambiar al mundo, y posiblemente no iba a ser reconocido por nadie, pero le cargaba los pulmones de una energía renovada, con la que se sentía capaz de regresar a su casa y mirar a los ojos de su hija.


Por:
Gabriel Ramonet

Sintió el estruendo que nace en las entrañas de la tierra, el que antecede a la formación de un hongo atómico, el que enmudece cualquier otro sonido y deja al cuerpo paralizado, con la única función latente de la contemplación.

Percibió cómo el silencio precedente y perfecto, cómo la calma plana de una noche azul, se quebraba con la velocidad de un pájaro en picada, rozando el mar en busca de alimento.

Llegó a discernir un dolor repentino en los tímpanos, una mueca de miedo en los ojos, y en la película instantánea de su vida, vio la imagen de su hija saludándolo al costado de la cama.

-Buen día papá. Te reventé un globo y te asusté.

El juez  Martínez Jávelin había dormido tres horas y lo esperaba el día más difícil del año. Cuando logró alinear los sentidos y cambiar la expresión que comenzaba a asustar, ahora, a su pequeña de cuatro años, la abrazó y la reprendió por la ocurrencia, mientras la  alzaba para subirla sobre el colchón.

“Justo un globo”, pensó al levantarse y al tiempo que daba los primeros pasos hacia el baño, dejando tirado en el suelo un edredón comprado en París.

“Global colours”. Había leído, escrito y pronunciado ese nombre más de mil veces durante las últimas semanas. Era la denominación de una empresa supuestamente dedicada a fabricar y vender globos de colores. Parecía el guion de una película, pero la firma pertenecía a cuatro amigos, todos ex payasos de un circo que no había podido soportar la crisis económica de los 90.

Poco después de haberse constituido, a fines del año 2002, la empresa había conseguido una millonaria contratación con el gobierno  de Tierra del Fuego, que le compró miles de cajas de globos presuntamente destinados a festejos de cumpleaños de niños indigentes, o de los hijos de empleados públicos.

Sin embargo, una pericia que el juez conocía a la perfección, aseguraba que globlos de Global Colours aparecieron colgados como guirnaldas en un banquete al que asistió la plana mayor del gobierno, y también varios miembros de la Justicia.

Quizá por esa razón, la causa judicial llevaba 15 años de trámites difusos. Nadie había querido investigar demasiado y mucho menos llegar a ninguna verdad. El expediente saltó de escritorio en escritorio durante años, como saltaban los acróbatas del circo de los payasos convertidos en empresarios, después de que dos de ellos guardaran las narices rojas y se dedicaran a ocupar cargos en el gobierno que les adjudicó el negocio millonario de los globos.

Cuando se hizo la denuncia, gobernaba Javier López Orozco, un hombre corrupto al que se vinculaba con Global Colours y con los payasos. Su poder era el suficiente como para que pocas personas se atrevieran a contradecirlo. Y en esa lista no había jueces. La investigación, por lo tanto, estaba destinada al fracaso.

López Orozco dejó el poder y el caso fue perdiéndose en las tinieblas judiciales, hasta que la declaración de un testigo, la pericia de la fiesta de los funcionarios y la presión de la prensa obligaron a realizar un juicio en el que nadie quería estar.

Martínez Jávelin había participado de la farsa y lo sabía perfectamente, a pesar de la justificación que suelen repetirse como una oración religiosa los que quieren aliviar la conciencia.

Lo primero que hizo el tribunal fue recortar los hechos hasta volverlos casi incomprensibles. No es una estrategia novedosa. Si se muestra la foto en lugar de la película, la gravedad del impacto puede disminuir.

La historia de los payasos era clave para entender por qué se habían reunido, cómo habían construido los vínculos con López Orozco y, sobre todo, cómo habían pergeñado la creación de Global Colours unos meses antes de la licitación que la empresa ganó pese a presentar una oferta falsa.

Pero de ello no se habló en el juicio. “No es lo que se está juzgando”, frenó Martínez Jávelin a las partes durante una de las audiencias.

Los payasos declararon en fila. Todos se proclamaron inocentes, al tiempo que alegaron sobre los graves perjuicios que el caso les ocasionó a sus carreras artísticas y profesionales. Incluso uno de ellos, solicitó decir sus últimas palabras colocándose una nariz roja y pidió por la alegría de todos los niños del mundo.

La habilidad de los abogados defensores obtuvo un triunfo impensado, gracias a la pasividad inexplicable de los jueces. En lugar de los antecedentes de Global Colours, y de su ilegal acceso a la licitación pública, se debatió en el juicio acerca de la calidad de los globos suministrados por la firma.

La polémica tuvo tanto desarrollo, que Martínez Jávelin, en un arranque que todavía se reprocha, aceptó inflar un globo en medio de una audiencia, para verificar cuánta presión de aire podía resistir antes de explotar.

La foto del magistrado en plena ingesta de oxígeno, prendido a la boca del globo, recorrió el país y el mundo, aunque no cambió la dinámica del proceso judicial.

La noche anterior a que su hija lo despertara sobresaltado, el juez del Tribunal Oral se había reunido en privado con los otros dos miembros del organismo. Tomaron un café que incluyó el tiempo suficiente como para que Martínez Javelín se diera cuenta de la dinámica de la negociación. Uno de sus colegas acompañaría su voto, fuera cual fuera. Había sido nombrado hacía poco tiempo y sus intereses estaban dirigidos a pasar lo más desapercibido posible, y si se presentaba el caso,  a defender al poder  que lo había designado.

El tercer juez tenía decidido absolver a todos los payasos. Estaba enojado con la instrucción de la causa, que de hecho, había sido escandalosa, aunque de ningún modo estaba dispuesto a remediarla. Su voto era más un castigo a quienes no habían investigado lo suficiente que un intento por hacer justicia. Le importaba la formalidad del proceso, la cáscara. Y no que se hubiese demostrado con creces que los payasos aliados con el poder habían hecho un negocio millonario.

Martínez Jávelin saludó a su hija a través de la ventana y evitando pisar la nieve con sus zapatos recién lustrados subió a su camioneta último modelo, y a baja velocidad fue saliendo del barrio privado de Ushuaia donde reside desde que su abultado sueldo de juez le permitió vender la casa anterior y mudarse junto a varios de su colegas.

“Culpables”, leyó un rato más tarde, ante la sorpresa de los payasos y a pocos metros de las decenas de globos multicolores que desconocidos habían colgado en la entrada de tribunales la noche anterior.

Martínez Jávelin había descubierto camino al juicio, que un acto de hombría y de honestidad no iba a cambiar al mundo, y posiblemente no iba a ser reconocido por nadie, pero le cargaba los pulmones de una energía renovada, con la que se sentía capaz de regresar a su casa y mirar a los ojos de su hija.

Pasando por la puerta de entrada tomó uno de los globos, lo reventó de un pisotón, y sintió expandirse como una tormenta, el viento invisible de la libertad.

Después tomó otro globo, lo llevó a casa, y cuando su hija abrió la puerta para abrazarlo, se lo obsequió con un simbolismo que la pequeña tardará años en descubrir.

“Tomá mi amor, para reponer el que explotó esta mañana”.

 

 

(El que antecede es un relato de ficción. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

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