martes 17 de julio de 2018 - Edición Nº237
Dar la palabra » Política » 29 mar 2018

Desarraigo e identidad

Tierra del Fuego somos (Por Fernando Cany Soto)

la identidad de Tierra del Fuego es justamente la “no identidad”, es decir, un espacio de tránsito, donde crecen plantas sin raíces y autos sin garage. Un puerto en el fin del mundo, lindo para sacarse fotos, juntar unos pesos y rajar forrados de vuelta al sol. Si deseamos revertir esto, charlémoslo, pero si estamos satisfechos de que esta cultura se consolide en esa clave, quedémonos tranquilos que vamos muy bien


Santiago del Estero con su parsimonia, su amabilidad generalizada, su mistol y su chacarera. Corrientes con su bravura y su nostalgia expresadas en el chamamé, y con la forma de valorar la amistad y la palabra. Chaco con el impenetrable, su gente del monte, sus aborígenes, sus gringas labradoras de día y comparseras de noche, con su pueblo humilde que respeta y aprecia las esculturas más que al fútbol. Los cordobeses con su humor y la dudosa pero simpática costumbre de echarle gaseosas a las bebidas nobles, con su cuartetazo y con su universo estudiantil.

Estas, como tantas provincias argentinas a lo largo de su historia, han desarrollado y afianzado hábitos, gustos y saberes que constituyen sus fascinantes identidades.

Hay quienes sostienen, con fatal pesimismo, que por juventud y por su incontrolable rotación poblacional, Tierra del Fuego nunca desarrollará una identidad cultural.

Que los fueguinos no tienen acento propio, tampoco ritmos musicales ni estéticas plásticas que los distingan. Que sus artistas son escasos y sus esporádicas apariciones no reflejan la continuidad de una tradición heredada de maestro a alumno.

Adentrándonos, como es usual, en los pantanosos terrenos de las conjeturas apresuradas, podemos arriesgar la siguiente hipótesis: la identidad de Tierra del Fuego es justamente la “no identidad”, es decir, un espacio de tránsito, donde crecen plantas sin raíces y autos sin garage. Un puerto en el fin del mundo, lindo para sacarse fotos, juntar unos pesos y rajar forrados de vuelta al sol. Un Klondike en las antípodas de Jack London, forjado con pobladores de idéntica estirpe. Aventureros y mujeres de poco roce con los libros, desatentos a las normas sociales y morales, con lo único que tenían para ofrecer a cambio: su cuerpo. No era poco.

Primero vinieron marinos y peregrinos, hambreados o autoflagelantes por su fe, se abrieron paso. Carne, eso eran los pioneros, carne de frontera. Pechos contra el viento, corazones blindados contra la nostalgia. No se llegaba a Buenos Aires en tres horas por avión. No.

Luego fue la “ergástula del sur”, con sus pobladores internos y guardias externos, a los que hubo que alimentar y dar amor: llegaron las putas y así se esparció la primera gran siembra humana, para poblar esta geografía en riesgo. Hijos e hijas de putas nacían, con alma de milicos o de presos que se fueron mezclando con las familias de chilenos o de gringos que ya estaban. Luego vinieron las fábricas y se fueron... y aquí estamos.

De parecida simiente son los habitantes de Canadá y de Australia. Lo sé, ya lo han oído, pero igual lo reiteramos.

Aquí hay una mina de oro cultural, estamos parados sobre ella, sólo hay que pasarle el plumero, pensarse fueguinos, pero no desde la estrechez de uniformes planchados y desfiles, sino desde la historia salvaje y embriagadoramente aventurera; de velas rotas y de ropa mojada bajo la nieve, de sueños de ron y putas.  Esa historia que sonroja a los correctos, debería ser motivo de orgullo.

La mezcla de culturas de provincias, los santitos pudorosos de la entrada deben sacarse a la ruta y exponerse como un triunfo. Para empezar, claro.

Los galos, rudos, sucios y salvajes, desarrollaron una de las culturas más refinadas. El Louvre se alza donde antes cabalgaba Vercingetórix con la cabeza de un enemigo atada a la cola del caballo. Los vikingos, saqueadores, bebedores y violentos, nos dan hoy el ejemplo más elevado de un estado de bienestar con increíbles garantías civiles. Pacíficos y satisfechos.

¿Notó que los iracundos comentaristas que escriben en los blogs fueguinos puntualizan sus enunciados con numerosos signos de admiración? ¿Se ofuscarán por la limitación que impone a su énfasis la palabra escrita? Cuando hablan en las radios es común que lo hagan a los gritos y con improperios que los operadores se esfuerzan por editar. Apasionados.

No se conoce otra comunidad con semejante nivel de participación en los medios como la de Ushuaia. La puteada y el grito a flor de piel para opinar sobre cualquier tema, mayormente abordándolo desde ángulos erróneos (agarrando la vaca por las pelotas), pero enfáticamente.
Siempre me he preguntado si se trataba de honestidad salvaje o de sobreactuación (prefiero ninguna de las dos). Lo cierto es que estas formas constituyen el perfil cultural sobresaliente de los ushuaienses. Tarea para sociólogos dilucidar esto. Podríamos agregar el folklore de las peleas a la salida del Náutico o Kachaka y los manifestantes dolientes omitiendo en sus clamores que la violencia engendra inseguridad y no al revés.

Si deseamos revertir esto, charlémoslo, pero si estamos satisfechos de que esta cultura se consolide en esa clave, quedémonos tranquilos que vamos muy bien. No hay que esperar al 2 de abril ni el tricentenario para abrazarnos mirando en una misma dirección. No perdamos la esperanza, en esta construcción laburamos, y es de todos. A no quejarse si sale torcida.

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