martes 25 de septiembre de 2018 - Edición Nº307
Dar la palabra » Política » 24 mar 2018

24 de marzo: Carta abierta a Julio Corvalán de la Colina (un tipo con las pelotas bien puestas) (por Carlos Zampatti)


(Esta carta fue originalmente publicada como correo de lectores en El diario del Fin del Mundo, el 24 de junio de 2016)

 

Hoy, 24 de junio, con cuarenta años de demora, me animo a dirigirme a usted, la persona gracias a la cual puedo escribir esta carta abierta. Sé que, quizás, sea demasiado tarde, que debí haberlo hecho antes. Intenté, sí, pero es cierto que no lo hice: no sé, pudor, timidez, qué sé yo; califíquelo como quiera, tiene todo el derecho.

(Aunque no hubiera sido prudente hacerlo en los primeros tiempos, después de ese junio de 1976. A mí me vigilaban y a usted —que probablemente también— no le hubiera resultado cómodo mi agradecimiento. Porque su decisión de impedir que yo pasara a ser un preso a disposición de Poder Ejecutivo Nacional no sólo le costó su desplazamiento como juez Federal de Ushuaia, sino también —supongo— haber quedado por mucho tiempo «en observación»).

Pasó mucha agua debajo del puente desde aquella época dura en la cual, de un día para otro, quedamos con mi esposa en la calle. Con el tiempo me recompuse y rehíce mi vida en Ushuaia empezando de cero. Al principio como chofer y luego, bastante después, ejerciendo mi profesión. Más tarde tuvimos hijos, ahora nietos y aquella asignatura siguió pendiente. Y si algún día había que cancelarla, ¿por qué no ahora, aprovechando los cuarenta años y nuestra predisposición a darle trascendencia a los recuerdos múltiplos de diez?

Es por eso que creo que llegó el momento —espero que no demasiado tarde— de reconocer y agradecerle su coraje. Porque era eso, coraje, lo que se debía tener en junio de 1976 para contener las demandas del omnipresente jefe de la base naval que reclamaba por ese barbudo extremista apresado por un par de policías de buen futuro (cualquiera, en aquel entonces, con barba y biblioteca, meritaba como para extremista). Porque eran agallas las que usted tuvo para evitar que yo pasase a disposición del PEN e impedir el engrose de la lista de esa «no entidad» que son los desaparecidos. Porque fue por su valor que en un trámite express resolvió mi excarcelación en tan sólo dieciséis días. Su valentía no ha de haberle caído bien a quienes soñaban remedar en Ushuaia la limpieza ideológica que se estaba produciendo en el resto del país. Ése, no me caben dudas, fue el motivo de su desplazamiento inmediato a juzgados menos gratos.

Usted demostró que la excusa para meterme preso era de una nimiedad tan absurda que subestimaba el sentido común de la Justicia, ésa que algunos como usted hacen que pueda escribirse con mayúscula. Y tuvo el temple de hacerlo en el momento justo en que había que tenerlo (parodias como la de descolgar cuadros treinta años después, con las espaldas bien cubiertas, son para otra clase de gente).

Y, claro, para que hubiera excusas fueron necesarios cómplices. Como quien hoy goza del privilegio de adornar el paseo costero junto a los hombres que miran al sudeste (el Capitán Garfio, desde algún lugar, debe seguir satisfecho por aquella denuncia sesgada).

O quien se escondió detrás de pretextos jurídicos que encubrieron miedo o complicidad (cualidades por las cuales, tal vez, ganó la nominación de una calle de esta ciudad) para negarnos el derecho de asistencia legal. Miedo, debo aclararlo, que no tuvo Osvaldo Withauss, el hermano no ilustre.

Que tampoco tuvo ese policía esmirriado que se jugó su futuro (quizás también la vida) en la alcaidía, cuando respondió «sí, ¿quiere verla?», ante mi pregunta sobre si mi esposa, convaleciente de tuberculosis, estaba también presa. «Sólo cinco minutos», agregó, tenso, antes de dejarme ir a su celda con la seguridad del silencio nocturno y mi certeza de que la vería por última vez.

Fueron, gracias a usted, dieciséis días que terminaron ese 24 de junio de feroz nevada. Y después, a sufrirla en aquella aldea de poco más de seis mil almas, lidiando con la lepra del «algo habrán hecho». Los amigos dejaron de serlo y los funcionarios, medrosos, negaron la posibilidad de reinserción en una sociedad que nos expulsaba. Como el caso del asesor legal que ratificó la prescindibilidad laboral basándose en nuestro presunto pensamiento antisistema, reñido con los valores occidentales y cristianos. (Después, muchos años después, se conocieron sus propensiones pedófilas de trágico final).

No sé cuál, señor Juez, ha sido su desempeño en la justicia a partir de aquel 1976 de hace cuarenta años. No lo he averiguado ni me importa hacerlo, porque usted, ante mí, no debe revalidar nada. Aquella sola acción, consumada en el momento más duro de la peor dictadura, fue suficiente como para valuar su real valía.

Cuarenta años.

Quizás, viéndolo desde otra perspectiva, no haya estado mal haber esperado tanto tiempo para este agradecimiento. Tal vez fue mejor haber tomado distancia de las recientes épocas de apologías de cuadros descolgados y mantenerme al margen de tanto histeriqueo seudorevolucionario.

Valga, entonces, la presente para agradecer su coraje, aunque haya sido con cuarenta años de retraso.

Porque, permítame recalcarlo: yo hubiera sido un desaparecido más, y no habría podido escribirle esta carta abierta, si usted no hubiera tenido las pelotas bien puestas, señor Juez.

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