martes 17 de julio de 2018 - Edición Nº237
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24 de marzo

24 de marzo: Periodismo y dictadura (Por Gabriel Ramonet)

Una carta del jugador Krol durante el Mundial de 1978 podría haber sido un fuerte y sincero alegado en favor de la dictadura de Videla, que gobernaba el país, de no ser por un pequeño detalle: Krol nunca escribió esa carta. Ni él ni ningún otro jugador de Holanda. El texto fue inventado por el periodista argentino Enrique Romero.


“Querida hija: Mamá me contó que los otros días lloraste mucho porque algunos amiguitos te dijeron cosas muy feas que pasaban en la Argentina. Pero no es así. Es una mentira infantil de ellos. Papá está muy bien. Aquí todo es tranquilidad y belleza. Esta no es la Copa del Mundo, es la Copa de la Paz. No te asustes si ves algunas fotos de la concentración, con soldaditos vestidos de verde al lado nuestro. Son nuestros amigos, nos cuidan y nos protegen. No tengas miedo, papá está bien, tiene tu muñeca y un batallón de soldaditos que lo cuidan, que lo protegen, y sus fusiles disparan flores. Diles a tus amiguitos la verdad. Argentina es tierra de amor. Te adoro, cuidá a mamá, esperame con una sonrisa y andá pensando un nombre para la muñequita. Un beso. Papá”.

 

Esta carta (que en realidad es más extensa) apareció firmada por el capitán de la selección holandesa de fútbol, Rudolf Krol, y se publicó durante el Mundial de 1978 en la revista El Gráfico, cuya tirada era, entonces, de unos 500 mil ejemplares por semana.

El escrito podría haber sido un fuerte y sincero alegado en favor de la dictadura de Videla, que gobernaba el país, de no ser por un pequeño detalle: Krol nunca escribió esa carta. Ni él ni ningún otro jugador de Holanda. El texto fue inventado por el periodista argentino Enrique Romero, de la propia revista El Gráfico, quien consideró que era una buena forma de quedar bien con el gobierno militar.

La actitud de Romero es muy interesante para analizar el papel de los medios de comunicación y de los periodistas durante la dictadura, porque a él no lo presionaron desde la oficina de censores que funcionaba en la Casa Rosada, ni lo amenazaron con matarle a su familia, ni recibió llamados telefónicos sugiriéndole la maniobra. Lo hizo por iniciativa propia.

Muchos medios y comunicadores de la época, algunos de los cuales siguen hoy ejerciendo su profesión libremente, adhirieron de manera expresa a las ideas generales, a las metodologías asesinas y hasta al plan económico de la dictadura. Y lo hicieron con notas o comentarios firmados en los diarios, con campañas radiales o televisivas, e incluso inventando noticias, como el caso mencionado de Romero.

Hubo periodistas consultores de los militares, como Mariano Grondona, que en su revista Carta Política, de 1980, escribió: “el mecanismo de agitación y propaganda del comunismo soviético vía Cuba, estuvo detrás de la insurrección terrorista argentina. Le dimos su merecido”.

También existieron medios que agitaron un clima golpista, como el diario La Razón, que dedicó diecinueve tapas consecutivas, desde el 2 al 23 de marzo de 1976, a preanunciar el Golpe de Estado, aunque sin nombrarlo en forma explícita.

Según recuerda el periodista Carlos Ulanovsky, en su libro Paren las rotativas, los titulares de tapa de esas jornadas (uno por cada día) fueron los siguientes: “Hay nuevas incógnitas”, “Se aguardan respuestas”, “Una reunión decisiva”, “Emergencia nacional”, “Grave situación económica”, “Trabajadores y empresarios tratan la actual emergencia”, “Tensión en los gremios”, “Se reformó el plan”, “Hay nuevas expectativas”, “Hay agitación en los gremios”, “Preocupa la tensión sindical”, “Hubo un grave atentado”, “Inquietud en Buenos Aires”, “Hermético silencio en las Fuerzas Armadas”, “Dramática negociación”, “Culmina el proceso”, “el Ejército ante la situación”, “Ante jornadas decisivas” y “Es inminente el final, todo está dicho”.

El periodista y político Rodolfo Terragno, ex director de la revista Cuestionario, asegura que después del golpe de 1976, los diarios “entraron en cadena, ya que todos publicaban exactamente lo mismo: sólo comunicados oficiales”.

Sostiene Terragno que con esa tendencia al silencio y la sumisión, los medios gráficos “reanudaron un ciclo que los define, el de ensañarse con los gobiernos débiles y ser exageradamente dóciles ante los gobiernos fuertes”.

Pero no sólo en los diarios hubo sumisiones exageradas al régimen militar. En el libro La posguerra sucia, el periodista Horacio Verbitsky recuerda que en 1979, el entonces director de Radio Rivadavia y relator de fútbol, José María Muñoz, invitó a quienes festejaban la obtención del Mundial Juvenil a desplazarse hasta la sede de la OEA, donde miles de familiares esperaban turno para denunciar ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos el secuestro de hijos, esposos o hermanos. Muñoz quería que la gente repudiara a estas personas y les demostrara que en la Argentina éramos “derechos y humanos”, como rezaba el tristemente célebre eslogan acuñado por la dictadura. El propio Muñoz fue quien en 1982 organizó una manifestación a Plaza de Mayo para respaldar al gobierno militar después de la ocupación de Malvinas.

Lo cierto es que más allá de los laxos y de los chupamedias del sistema, propios de todas las épocas, la dictadura instauró desde su irrupción en el poder un rígido sistema de censura de la información.

Entre cuarenta y ocho horas y una semana después del 24 de marzo del 76, según las fuentes, los responsables de cualquier publicación escrita fueron “invitados” a acercarse a una oficina ubicada en Casa de Gobierno para que personal de Inteligencia, sostienen algunos, u oficiales de Marina, según otros, autorizaran la impresión del material. Esa oficina fue bautizada con el increíble eufemismo de “servicio gratuito de lectura previa”.

Enseguida se difundió el comunicado 19 de la Junta Militar que penaba “con reclusión de hasta diez años al que por cualquier medio difundiera, divulgare o propagare comunicados o imágenes con el propósito de perturbar, o desprestigiar la actividad de las Fuerzas Armadas, de seguridad o policiales”.

La fuerte censura derivó de inmediato en episodios de autocensura, es decir, restricción de temas, o simplemente de palabras, por el temor de los editores a transgredir reglas estrictas cuya vulneración pasó a ser sinónimo de persecución, exilio, desaparición o asesinato.

Como las prohibiciones de informar se basaban muchas veces en argumentos irracionales, y eran aplicadas por personal militar no calificado para esa tarea, no tardaron en producirse episodios absurdos, como el ocurrido al entonces ya consagrado autor teatral y ex director del diario El cronista, Roberto Cossa, quien fue citado a una reunión de propietarios de medios en el edificio Libertador, ubicado sobre la avenida Paseo Colón. “Por orden de la Junta militar, los diarios están obligados a publicar únicamente cables de la agencia oficial Télam”, le explicó allí un coronel. “¿Qué hacemos con los cables de la agencia Noticias Argentinas?”, preguntó Cossa. “Eso justamente, es a las noticias argentinas a las que me refiero. Porque por el momento sobre las noticias extranjeras no hay limitaciones”, respondió el desorientado militar ignorando la existencia de la agencia privada Noticias Argentinas.

La censura y los episodios absurdos se multiplicaron durante la guerra de Malvinas, en 1982. Ese año, aunque nadie podría mostrar un documento escrito que lo demuestre, aseguran que existía la orden a las radios de no difundir música en inglés.

Otro Mundial de Fútbol, en este caso el disputado en España, sirvió para un despropósito: los relatores que transmitían los partidos en los que jugaba Inglaterra, tenían prohibido nombrar a ese país, por lo que debían valerse de eufemismos tales como “atacan los rojos”, o “saque de arco para el rival”, a los fines de cumplir con la restricción (ESCUCHAR EL AUDIO)

Durante Malvinas la prensa desempeñó, quizá, su papel más vergonzoso. Allí quedaron grabados a fuego para siempre titulares como “Estamos ganando”, de la revista Gente, el invento de combates inexistentes, como el supuestamente sostenido por una fuerza de la Marina llamada Los Lagartos en las Islas Georgias, o las “hazañas” de los aviones Pucará ante la flota inglesa.

Cuando perdimos la guerra, la frase “rendición incondicional” que reflejaba el acta suscripta por las cúpulas militares no se publicó en ningún diario. Los medios prefirieron títulos más blandos para el régimen militar como “Tregua” o “Cese del fuego”.

Sin embargo, las crisis son también épocas de prueba y no todo el periodismo argentino tuvo actitudes condescendientes o debió someterse por completo a la política de terror impuesta por la dictadura militar. Hubo quienes desafiaron la censura y desde distintos lugares y niveles de compromiso buscaron alternativas para la campaña de desinformación reinante.

Algunos periodistas pagaron con sus propiedades y con su propia vida tamaños desafíos. Decenas de medios fueron clausurados y se calcula que un centenar de comunicadores fueron secuestrados y asesinados. Otros muchos tuvieron que autoexiliarse a tierras lejanas o cambiar de profesión, como Jorge Lanata que trabajó de mozo hasta el regreso de la democracia.

La dictadura permitía algunas divergencias públicas respecto de asuntos como el rumbo de la economía, pero ejercía un férreo control para que no se filtrara información sobre campos de concentración o personas desaparecidas. Algunas de estas noticias salían igual en la sección de policiales, sin título, y disimuladas entre otras. Había periodistas que mantenían contacto con la Asamblea de Derechos Humanos o las Madres de Plaza de Mayo y negociaban con los editores la forma de incluir algún dato no autorizado.

Desde Uruguay, Radio Colonia, por entonces propiedad de Héctor Ricardo García y dirigida por el locutor Ariel Delgado, desafiaba las prohibiciones de su propio país e informaba regularmente sobre enfrentamientos armados, secuestros y desapariciones.

La revista Cuestionario, dirigida por Rodolfo Terragno, se hizo célebre por publicar una sección llamada Cronología, donde se recopilaba información y se contabilizaban las víctimas de enfrentamientos armados.

La mítica revista Humor, que llegó a vender 60 mil ejemplares y en poco tiempo pasó de mensual a quincenal, desafió los límites de la prohibición con caricaturas de militares, críticas despiadadas al régimen militar y análisis de temas que eran tabú para la época.

El periodista y escritor Rodolfo Walsh dio un paso más arriesgado, al crear una serie de instrumentos de difusión alternativa, como la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA) que transmitía información prohibida y la distribuía por correo a las redacciones de los diarios y a las corresponsalías de agencias noticiosas extranjeras. ANCLA fue el primer medio del país en denunciar los llamados “vuelos de la muerte”, según recuerda Horacio Verbitsky en el libro Lo pasado pensado, de Felipe Pigna.

Walsh también creó la “Cadena informativa”, que instaba a las personas a “vencer el aislamiento que produce el miedo y probar la satisfacción moral de un acto de libertad”. Le pedía a la gente que fotocopiara una hoja con información prohibida y la distribuyera.

En lugar de inventar una carta, como hizo Romero, Walsh escribió una y la firmó con nombre y apellido. La tituló “Carta abierta a la Junta Militar” y la envió el 24 de marzo de 1977, en ocasión de cumplirse el primer aniversario del Golpe de Estado. Allí denunció la existencia de “quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos y decenas de miles de desterrados”, además de “campos de concentración donde no entran ni jueces, ni abogados ni periodistas”, a pesar de los  “siete mil hábeas corpus rechazados en el último año”.

La carta de Rodolfo Walsh contenía también un severo diagnóstico sobre las consecuencias sociales, económicas y políticas de la dictadura, aunque su principal legado tal vea sea la definición ética sobre lo que significa ser periodista. El escrito termina así:

 

“Estas son las reflexiones que en el primer aniversario de su infausto gobierno he querido hacer llegar a los miembros de esta Junta, sin esperanza de ser escuchado, con la certeza de ser perseguido, pero fiel al compromiso que asumí hace mucho tiempo de dar testimonio en momentos difíciles”.

 

A Rodolfo Walsh lo mataron al día siguiente. Nadie publicó su carta. Sin embargo, sus palabras enseñaron y enseñan a generaciones y generaciones de estudiantes y profesionales del rubro, que ante la pregunta ¿para qué sos periodista?, deberían contestar, invariablemente, “para dar testimonio en épocas difíciles”.  

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