viernes 14 de diciembre de 2018 - Edición Nº387
Dar la palabra » Sociedad » 4 mar 2018

El éxito a cualquier costo

Padecer la cordura: infancia de las personas sobreadaptadas (Por Patricia Caporalìn)

Hay personas que, coincidentemente con una ideología social de éxito y rendimiento, privilegian la atención a los requisitos del medio sin tener en cuenta sus necesidades personales al punto de prácticamente desconocerlas. Son personas cuyo principal incentivo en la vida es responder a las exigencias de lo que los rodea para poder sentirse queridas y así poder quererse. Esto llega a un grado tal que se las denomina “personas que padecen de cordura”.


En un artículo anterior sobre este tema me referí a un tipo de personas que, coincidentemente con una ideología social de éxito y rendimiento, privilegian la atención a los requisitos del medio sin tener en cuenta sus necesidades personales al punto de prácticamente desconocerlas. Son personas cuyo principal incentivo en la vida es responder a las exigencias de lo que los rodea para poder sentirse queridas y así poder quererse. Esto llega a un grado tal que se las denomina “personas que padecen de cordura”.

En vez de prestarle atención a su cansancio y descansar, se enojan con el cansancio viviéndolo como una molestia y no como un indicador de que hay que descansar.

El sojuzgamiento de su sí mismo corporal los lleva a que no registren los síntomas de alerta que podría llevarlos a buscar ayuda médica, lo que los hace realmente muy peligrosos para ellos mismos.

Veamos la infancia de estas personas, para entender cómo aprendieron a manejarse así.

Lo primero a entender, es que la persona sobreadaptada que somatiza, proviene de una familia que desde su nacimiento lo incluyó en una red de interacción con una seria distorsión de base: el hijo que nace tiene como misión satisfacer las aspiraciones narcisistas de padres que, a su vez, vivieron intensas exigencias de adaptación en las que sintieron un fracaso total o parcial vivido como humillante.

En una gran mayoría, uno o ambos padres son inmigrantes y esperan a través de sus hijos reparar las humillaciones y exigencias vividas en su propia vida; sus hijos son como “la nueva tierra”. (suena conocido ¿no?)

Las mamás de los pacientes sobreadaptados, atravesadas por una historia incluso transgeneracional, exigen a sus hijos que cumplan un plan preestablecido por ellas como lo que sería ser “buen hijo”, o “un hijo exitoso” pero no toleran los tanteos o torpezas propias de todo crecimiento. El tiempo que les lleva a sus bebés aprender a embocar la cucharita en la boca mientras se ensucian, el ensimismamiento o rabieta adolescente, les resulta insoportable y las llena de una ansiedad que no pueden metabolizar.

Este tipo de madre se denomina “madre que rebota”, porque rebota las necesidades del chico en vez de absorberlas y aceptarlas como parte del crecimiento.

Otro tipo de madre es la denominada “madre–mete–bombas”, que genera aún más patología, ya que no solamente “rebota” las necesidades del chico sino que, además, le da interpretaciones que no tienen que ver con lo que al chico realmente le pasa sino con cómo le influye a ella lo que al chico le pasa, como el ejemplo de la madre que le dice a su hijo “vos me querés joder” porque el chico le dice que tiene frío y ella justo no le trajo la campera.

Esas interpretaciones, operan como bombas en la cabeza del  chico porque aprende que lo que le viene de adentro, lo que podría ser registrado como necesidad o deseo es peligroso y debe ser desoído.

El ejemplo es el chico que repite: “soy rebelde”, y cuando se les pregunta cómo se sienten con eso o si les gusta o no serlo, te miran sin poder dar una respuesta propia.

En uno u otro caso, al hijo sólo le queda someterse a las necesidades de su madre, por su dependencia de ella, para no perder el cariño y amparo, a costa de sus propias necesidades. Esta será su marca de vida: cumplir los requerimientos que vengan desde afuera sin plantearse cuánto le cuesten o qué efectos produzcan en él.

Respecto al padre, su mayor falla es la inoperancia, ya que incluso a veces se dan cuenta de lo que está pasando y lo expresan, como: “ella no le tiene paciencia”, “se descontrola si el bebé llora mucho”, o, con un adolescente: “se pelean mucho y ella se pone como una chica más”.
Descifran el conflicto, pero no hacen nada, no operan, como si no comprendieran lo importante de su rol en la formación de sus hijos y de su aporte para la salud de su familia.

Este tipo de padre hace alianza con la madre en no dar cabida a los enojos de sus hijos, en esto son parecidos: no toleran y les resultan inexplicables los enojos, como si no fueran parte de la vida.

Este tipo de dinámica, con las características particulares de la historia de cada individuo, es la que encontramos en la base de las enfermedades psicosomáticas: el cuerpo “protesta” por las exigencias a las que el sujeto se somete sin conciencia de ellas ya que repite en él mismo, el vínculo que tenía con sus padres: se exige sin registrar sus necesidades emocionales ni el costo de lo que se exige.

Serán, posiblemente, personas con éxitos sociales y funcionales a muchos que les rodean, ya que confunden “ser queridos” con “ser exigidos”, pero no disfrutan a conciencia de esos logros por la situación de enajenamiento en la que viven y están en grave riesgo de desarrollar enfermedades psicosomáticas.

Esta es una provincia atravesada por historias de desarraigo y búsqueda de ascenso social, tenemos que estar atentos y cuidarnos. Ojalá.

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