viernes 27 de abril de 2018 - Edición Nº156
Dar la palabra » Sociedad » 22 nov 2017

Cómo superar la muerte de alguien

El trabajo de duelo (por Patricia Caporalín)

Cuando alguien muere, al principio sentimos que nos morimos con él. Luego debemos aprender a separarnos para poder quedarnos con nosotros mismos sin el otro. Ese lento proceso es lo que denominamos trabajo de duelo.


Cuando alguien muere, al principio sentimos que nos morimos con él. Luego debemos aprender a separarnos para poder quedarnos con nosotros mismos sin el otro. Ese lento proceso es lo que denominamos trabajo de duelo.

El duelo no es inmediato, lleva tiempo, y poder realizarlo implica un gran gasto energético, por eso, por un tiempo al menos, una persona que atraviesa un duelo no tiene mucha energía para poner en otras cosas que lo rodean, y necesita dedicarse a su duelo.

Esto no significa que no pueda trabajar, tener salidas, y seguir con su vida, sólo que hay una parte de ella abocada a un trabajo, el trabajo de duelar.

Durante ese proceso, a su vez, pasará por distintas etapas emocionales: incredulidad, dolor, angustia, miedo,  enojo, depresión, culpa, tristeza. Por eso no va a tener tanta energía para otras cosas: porque mucha energía estará depositada en transitar todas estas emociones, junto con irse acostumbrando a vivir sin el otro.

Todo esto, por momentos puede ser muy doloroso, desconcertante y hasta puede despertar mucho miedo si no se siente la entereza o fortaleza para poder tramitar el proceso, de ahí que sea tan importante el acompañamiento a la persona que está realizando un duelo.

Por otro lado está la cuestión de la culpa inconciente en el caso en que el duelo se produzca por la muerte del otro.

El que queda vivo, siente culpa por el placer de seguir vivo, lo que lo sumerge en un conflicto ambivalente muy común y para lo cual, la cultura ha elaborado distintos rituales que nos aseguran contra el temor a la venganza de los muertos por nuestro placer de seguir vivos: nos vestimos de negro, nos recluimos, nos quedamos sin dormir toda una noche velando.

Nos mantenemos “en luto”, es decir, sin muestras de placer o disfrute vital, no sólo porque estamos dolidos, o identificados con el muerto, sino también para poder elaborar este sentimiento inconciente de culpa por la ambivalencia de nuestras emociones: dolor por la muerte del otro, y alegría porque no me morí yo.

Para poder entrar en el trabajo de duelo y no transformarlo en melancolía, Freud decía que había que haber tenido con el otro, una relación discriminada, esto es, no haber hecho con el otro un vinculo de completud narcisista, donde el otro sea un igual mio que me completa. 

Si yo soy una persona que no tolera que el otro es otro, que el otro es diferente y tiene su propia cabeza, su propia autonomía, su propia historia, me va a ser muy difícil elaborar un duelo cuando mi vinculo con el otro se haya muerto.

Aclaremos por cierto que  un proceso de duelo no solo se inicia porque el otro se muere, también puede ser porque se murió el vínculo que me unía al otro, por ejemplo si me separé ya sea geográficamente, porque me fui a otro lugar o porque cambió mi relación con el otro, como en la separación de una pareja.

La tristeza del duelo, es la tristeza por la falta del otro al que extraño, en la melancolía, en cambio, no está esa tristeza sino un enojo profundo con el otro que se atrevió a hacer o ser lo que yo no quería. Por eso el melancólico en realidad está más bien enojado que triste, y ese enojo puede volcarlo sobre sí mismo despreciándose o sintiendo que su vida es una porquería, pero en realidad es una interiorización de la bronca que tiene hacia lo que no responde como él quiere.

El pensamiento “el mundo es una porquería porque no es lo que quiero”, lo puede cambiar por “soy una porquería porque mi vida no es lo que quiero”. En uno u otro caso, no puede aceptar la pérdida y hacer el duelo y en cambio se melancoliza, se enoja y se pone destructivo.

Tramitar duelos es fundamental para una vida sana, ya que todo el tiempo en nuestra vida estamos haciendo duelos: duelo por el tiempo que pasa, por los hijos que crecen y cambian, por lo que no es, por lo que no soy, por lo que no puedo, por lo que pude pero ya pasó, etc. 

En la vida constantemente tenemos y perdemos, por lo tanto constantemente estamos teniendo que hacer nuevos duelos, así como constantemente podemos celebrar nuevas conquistas.

Cuando aparece una pérdida  notoria, se reactivan los mecanismos aprendidos para hacer duelos, entonces estamos más sensibles, más tristes, o más enojados, o un poco más paranoicos por nuestro gusto por vivir, como si no lo mereciéramos, como si algo terrible nos fuera a pasar por estar bien.

Ante un acontecimiento social como el que estamos atravesando los argentinos, a partir del fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner, también, por identificación, nos veremos atravesados por la situación de duelo. 

Es decir, se activarán, por identificación con la situación comunitaria de pérdida,  nuestras pérdidas individuales.

Poder distinguir qué perdemos y qué no, en qué nos toca y en qué no, saber que puede evocarnos pérdidas que vuelven a doler, es importante para nuestra salud mental y para prevenir pasajes al acto de pensamientos inconcientes y emociones no elaboradas.

Distinguir lo público y lo privado, también se hace necesario en estos acontecimientos sociales para poder atravesarlos sanamente y, repito, evitar actuaciones inadecuadas diferenciando el duelo público comunitario, de las resonancias individuales, elaborando lo que nos toca desde lo social como pueblo y reelaborando nuestras íntimas situaciones personales. Acompañémonos pues, en los sentimientos. 

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